Nuevas maneras de pensar la Mexicanidad; una interpretación psicoanalítica de la canción “El Rey” de José Alfredo Jiménez que va directo al hígado del nacionalismo pernicioso.

Si aceptamos que se heredan creencias, usos y costumbres de nuestros antepasados, ¿por qué no considerar también la replicación de traumas? Los mismos miedos y fantasmas inconscientes de generación en generación.

Toda sociedad tiene estereotipos y personas que los encarnan. De otra manera, no se podrían sostener estas imágenes, y probablemente tampoco podrían sostenerse estas personas. En México, la mayoría somos en el fondo unos charros orgullosos, dueños de nuestra propia vida, como El Rey.

Cuando una estructura es clasificada como inestable es porque existen contradicciones lógicas que saltan a la vista (tome nota, Sr. Presidente), no hay que descifrarlas ni construirlas, sólo hay que mirarlas:

Una piedra en el camino

me enseñó que mi destino

era rodar y rodar […]

[…]Que no hay que llegar primero,


pero hay que saber llegar

¿De qué le sirve saber llegar al que sabe que su destino es rodar y rodar?, ¿a dónde quiere llegar aquél que tiene la función de no llegar a ninguna parte?

Dirás que no me quisiste,

pero vas a estar muy triste […]

[…] Y mi palabra es la ley.

Lo que se dice, la palabra, tiene un carácter ambivalente, es como si la palabra tuviera una doble función: sirve para decir la verdad y también para ocultarla. Algo que aparece muy frecuentemente en los discursos oficiales y sociales, dándole a la palabra un carácter claramente psicótico. Conocemos la realidad, vemos lo que está pasando, pero decimos que está pasando otra cosa, hablamos entre líneas, seguimos el discurso y hacemos como si la realidad fuera otra. (¿O me equivoco, Sra. Primera Dama?)

No tengo trono ni reina


Ni nadie que me comprenda

Pero sigo siendo el rey

La contradicción es evidente: no importa que la vida le demuestre lo contrario, él sigue siendo el rey, ¿qué pasaría si aceptara que, en realidad, no es ningún Rey? Estaría de cara a la depresión, es algo de lo que tiene que defenderse. ¿Pero acaso no es la depresión el telón de fondo?

Pero el día en que yo me muera,

sé que tendrás que llorar.

Aquí se muestra un rasgo de pensamiento arraigado en la tradición católica: suponer que después de la muerte aparece la verdad en toda su gloria, una suerte de compensación que pone en equilibrio la vida. ¿De qué le sirve que ella sincere sus sentimientos para cuando él esté muerto?, y eso, siendo verdad que lo extraña y no sea un mero producto de su imaginación.

Una canción emblemática de un país no es cualquier cosa, son necesarias múltiples identificaciones individuales para poder producir una identificación social. Y para muchos, no importa que la vida les demuestre lo contrario, en su imaginación siguen afirmando que son perfectos y no están dispuestos a cambiar nada de su infalible persona.

Escritores y psicoanalistas, como Octavio Paz, Santiago Ramírez, Mauro Rodríguez, entre otros, afirman que el trauma inconsciente del mexicano es la ausencia de una figura masculina constante. Es evidente la identificación de esta ausencia en la figura hipermasculina del Rey, como una mascarada, como una defensa ante el miedo que tiene el sujeto ante lo fálico; el miedo que tiene de que su propia capacidad y talento no sean suficientes.

El Rey está sumido en la desesperanza y la impotencia, pero, en vez de asumirlo y actuar desde su honesta incertidumbre e imperfección, prefiere menospreciar sus miedos, hacer como si no existieran en vez de resolverlos, y ponerse una careta de grandiosidad.

En este afán de cumplir con una serie de ilusiones en vez de asumir su individualidad, con todos los defectos e incapacidades que esto conlleva, es donde el rey puede pasar años, e incluso toda su vida; pretendiendo mostrar una imagen de alguien que no es, e inconscientemente, poniendo en evidencia contradicciones que lo demuestran.

Existe una tendencia nacional a no hablar de frente, a no decir lo que pensamos, a nunca decir “no”, a que nos moleste que se cuestionen nuestras ideas y a no ceder en lo que pensamos, aunque haya argumentos convincentes.

Cuando el dicho se vuelve insostenible, la incapacidad se hace evidente. Tenemos que despabilarnos, dejar de creernos reyes en nuestra imaginación, asumir nuestros defectos, nuestra depresión, hablarnos de frente a nosotros mismos y a los demás, relacionarnos desde nuestra verdad y nuestra vulnerabilidad, sin pretensiones, sin máscaras y sin miedo. Como dicen los estudiantes de Posgrado de la UNAM en su video de respuesta a Peña Nieto, donde hablan justamente sobre estabilización:

“Los mexicanos hemos comenzado a romper el hábito de desesperanza, para organizarnos y remediar el desastre de país que nos han dejado.”